Aprovecho este espacio para maldecir y quejarme (Y qué? si es todo mío).
En esta oportunidad el objeto de mi repudio más radical y absoluto está constituido por la gente que se retira así sin más, sin que nadie la eche. Me refiero a aquellos que se marchan de algún lugar, de una relación, de una situación y lo hacen de manera escandalosa.
Esta gente -que seguramente es afecta a la ópera wagneriana (si es que lo conocen a Richard)- suele protagonizar todos sus abandonos en forma aparatosa, en medio de denodados esfuerzos por llamar la atención de presentes y ausentes, demostrando una absoluta carencia de buen gusto y de bajo perfil.
Lo que aparentemente no tienen en cuenta es que así como su salida es estruendosa, su regreso (porque siempre hay un retorno -no es así, my dear Nietszche?) también lo es y aquellos que se quedaron esperando tienen la oportunidad de tomarse revancha y de recibirlos como se merecen, con todos los (des)honores: con un camión hidrante, una ametralladora y 25 filas brasileros.
Por mi parte, prefiero a esa gente que se va despacito, sin hacer escándalo. Esa gente que parece que nunca te deja y sin embargo lo hace. Como quien está en una fiesta y con las manitos detrás de la espalda va dando pasos cortitos contra la pared y cuando uno se da vuelta para mirarlo nos sigue sonriendo y balancea su cabeza hacia delante mientras intenta ganar la puerta de salida.
Esa es la clase de gente que cuando regresa lo hace de manera tan sigilosa que nos da pié para que le digamos: "Yo estoy mal o me pareció que te habias ido hace mucho?" y nos responda: "Pero no, vos nunca estás mal, pero yo siempre estuve acá, jamás me fui a ningún lado".
Solamente para ellos vaya mi saludo desde este espacio Un saludo simple pero emotivo, sin efusividad, como si los estuviera abrazando con afecto, pero no tanto.