En medio de este clima post-electoral, aprovecho para redactar este posteo, debido a que en este momento tiene las más serias chances de pasar inadvertido.
Supongamos que hace 10 años atrás me ofrecieron ser parte de un destacado equipo de investigación, dentro de un prestigioso centro de estudios sociales.
Supongamos también, que rápidamente me gané la simpatía y admiración de todos los integrantes del proyecto, debido a que mi capacidad intelectual y mi ritmo de trabajo resultaron ser arrolladores; por lo que en pocos meses, logré dar muestras de mi inteligencia y sabiduría inconmensurables.
Supongamos asimismo, que no solo pude demostrar que mi coeficiente intelectual superaba ampliamente el del común de los mortales, sino que también evidencié un poder de seducción de tal magnitud que logré que el responsable de la investigación se enamorara perdidamente de mi, abandonara a su mujer (que también formaba parte del equipo) y se casara conmigo. De esta manera me convertí en la tercera esposa legítima de un renombrado intelectual, quien es proclive a entreverarse con sus colegas académicas. Como todos somos tan cool, tan superados y hacemos alarde de un espíritu crítico a rajatabla, él, su ex esposa, sus ocasionales ex amantes y yo continuamos conviviendo armoniosamente en este grupo de trabajo, como si nada hubiera sucedido... (por otra parte, nada ha sucedido).
Supongamos que en medio de una noche me despierto sobresaltada, y al girar mi cabeza, veo sobre la almohada a mi cool, superado e intelectual marido que duerme plácidamente -cual criatura irresponsable, luego de haber cometido toda clase de tropelías- y decido despertarlo para comunicarle lo siguiente:
- Amantísimo esposo (cada pareja se propina el trato que quiere y vale aclarar que a nosotros nos gusta hablar así), disculpa que interrumpa tu reparador sueño, pero lo cierto es que debo hacerte saber algo.
- Dime, cariño (Ya dije que a nosotros nos gusta hablar de esta manera).
- Me he enterado que el Jefe de la Institución dentro de la cual desarrollamos tan prestigiosa tarea de investigación, se retira de sus funciones y he pensado que sería muy redituable presentarme como candidata para ocupar dicho cargo. Quería conocer tu opinión, puesto que en cierta forma me convertiré en tu jefe.
- Me parece estupendo, primor (sin comentarios). No olvides que no sólo cuentas con mi beneplácito, sino que todo el equipo que está bajo mi inestimable mando, no dudará en votar a tu favor.
- Excelente.
Todo proceso eleccionario es francamente agotador, pero el máximo de tensión se genera cuando el número de votantes es escaso, lo que incrementa las posibilidades de vislumbrar la forma en que votaron mis colegas.
Si de 70 sufragios, me alcé con la irrisoria cantidad de 2 (cosa que a ciencia cierta aconteció), todo me hace suponer que sólo fui elegida por el matrimonio del que formo parte (y ello en virtud de que voté por mi misma y de que quiero suponer que mi amantísimo marido se dignó a votarme también).
Eso sí, ahora desconfío de todos aquellos que al salir del cuarto oscuro me abrazaron, mientras me aseguraban que habían puesto la boleta con mi nombre y además, en mi agenda, asenté el nombre de un abogado especialista en divorcios... todo en tren de suposiciones, claro está...



